Viento, ilusión, alegría

Hoy voy a contaros la historia de unos niños que jugaban con el viento.
Una soleada mañana, dos hermanos, cogidos de la mano y mirándose el uno al otro, subieron a un gran barco que les iba a llevar a vivir una gran aventura.
Cómo bien os decía, entraron en el barco, se acomodaron con su mamá en un cómodo camarote y esperaron a hacerse a la mar para un viaje que iba a durar 7 horas, 7 interminables horas, en los que, presentían, se iban a aburrir de lo lindo.
Su mamá, que siempre está pendiente de sus hijos, lo tenía claro, y había preparado una gran bolsa con juegos, comida y, porque no, alguna pantalla.
Empezaron la travesía en ese pequeño, pero cómodo camarote, jugaron y vieron el principio de una peli, pero, el espacio no les dejaba moverse, así que, como el mar estaba en calma, decidieron subir a la cubierta exterior.
Al abrir la puerta tuvieron que hacer fuerza, mucha fuerza, parecía que alguien no les dejaba abrir. Ayudándose, entre los dos, consiguieron abrir la pesada puerta, y salieron al exterior.
Allí les recibieron el sol brillante, maravillosamente templado, que daba luz y color al impresionante mar, y el viento. No era un viento excesivamente fuerte, pero era mucho más fuerte que una brisa. Ellos, felices de sentir el aire en su cara, salieron a pasear. Cómo bien sabéis, los paseos infantiles, no son caminatas tranquilas, más bien son carreras para ver quién llega primero.
El hermano, que era mayor que su hermanita, le dijo a la niña:
- vamos, corre, pero seguro que te gano yo.
Ella, ágil como pocas niñas de su edad y veloz como una gacela, le miró y con una sonrisa sardónica le respondió:
- si eres capaz de llegar a la meta antes que yo, te regalo mi chocolatina. Si llego yo antes, me regalas la tuya, ¿Trato?
El hermano mayor, como un caballero de los de antes, cerró el trato con su hermana, con un buen apretón de manos.
Pero ... los dos hermanos no estaban solos, ahí había alguien, más bien algo, que quería jugar con ellos.
La mamá de estos hermanos, empezó la cuenta atrás cuando oyeron un susurro que les decía:
- yo, también, quiero jugar, ¿Me dejáis jugar?
Los tres se miraron asombrados y se preguntaron quién les había hablado, no había nadie más en esa cubierta.
- no me veis, pero os veo, ¿Queréis jugar? ¡Yo, también, quiero jugar!
Los hermanos y su mamá, volvieron a mirar, sorprendidos, pero más sorprendida estaba la niña, cuando dijo:
- ¡Quién nos habla es el viento! ¿Verdad? ¿Eres tú, Viento?
La mamá, sonriendo, le dijo que el viento no puede hablar, ¿Cómo iba a hablar si ni siquiera es un ser vivo?. Al momento, volvieron a escuchar el susurro que les decía:
- ¡Hola, niña! Si, soy yo, soy Viento, no sé porque tu hermano y tu madre no te creen.

La mamá y el hermano mayor se miraron ojipláticos y sonrieron a la niña, que tenía cara de felicidad y de orgullo por haber sido capaz de escuchar y reconocer la voz de Viento.
- ¿Os gustaría jugar conmigo? - volvió a preguntar Viento
- claro que sí - respondieron al unísono los dos hermanos.
- vosotros queréis correr, se me ocurre que lo hagáis e intentéis superarme, yo, soplaré un poco más fuerte, a ver quien es capaz de llegar antes a la borda, superando mi resistencia.

Y, así hicieron, durante más de una hora, los dos hermanos corriendo en contracorriente, para superarse entre ellos y superar a Viento.
Las risas se escuchaban por encima del sonido de Viento, las lágrimas salían como ríos de los ojos, ya que Viento jugaba también con sus caras.
Ya cansados, decidieron volver al cómodo camarote para comer, jugar más tranquilos y descansar, mientras Viento, decidió, así mismo  descansar, para que tuvieran un final de travesía lo más confortable posible.

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