Mila
Amanece, miro por la ventana de mi habitación, y le veo a él, el abuelo ya se ha levantado, a hecho su cama, ha preparado café que se ha tomado con una rebanada de pan con manteca y azúcar. Le observo, parece triste, hoy no va a ser un buen día. Durante una hora le doy espacio.
La casa está a los pies de un acantilado, en el "jardín", lleno de malas hierbas, el abuelo colocó, hace ya muchísimos años, un banco para la abuela, a ella le gustaba cuidar el jardín, cuando todavía era un jardín, y luego disfrutaba de sentarse en su banco, a ver cómo rompían las olas.
Hace años que la abuela ya no está, y el jardín tampoco, ahora es, simplemente, un solar con hierbajos.
Desde que la abuela nos dejó, el abuelo tiene más días malos que buenos, su salud es buena, su memoria impresionante, yo estoy con él para que no se sienta tan solo.
Bajo de mi habitación, voy a la cocina y me sirvo mi café, para acompañar, unas tostadas con tomate y un buen trozo de queso, recojo la cocina y salgo a hacerle compañía.
Me siento a su lado, le tomo la mano, sus ojos están llorosos, mira al horizonte, me acaricia la mano y me dice:
- Linda, abuela me ha visitado esta noche, me ha dicho que me echa de menos.
- Abuelo, cuéntame, de nuevo, como os conocisteis. -le digo.
- ¡Aix! Linda, pequeña mía, no sé si podré contarte hoy, la echo tantísimo de menos.
- Por favor, abuelo, y después te prepararé la tortilla de patatas que tanto te gusta.
- Mira que eres zalamera, eres una copia de la abuela - me dice a la vez que esboza una tímida sonrisa.
"Cuando era niño, tenía 7 años, empecé a trabajar de barrendero en el atelier del centro de la ciudad. Una tarde, cuando llegué para limpiar el taller, vi a una preciosa niña, dicharachera, bromista, graciosa y muy risueña. Era la nieta de Don Emilio.
Desde ese momento, todas las tardes, Mila, me esperaba para jugar un rato juntos. Mila, la abuela, vivía en casa de Don Emilio, en un piso que estaba arriba del atelier, en cuanto escuchaba que yo terminaba, ella bajaba y salíamos a la calle. Mila era traviesa, le encantaba ponerme en apuros, tocaba a las puertas y salía corriendo, para que me pillaran a mí.
Pasaron los años, cuando Mila cumplió los 14 años, empezó a trabajar en el taller, con las modistillas, empezó desde abajo, Don Emilio no quería regalarle nada, quería que se lo ganase. Empezó con los trabajos más básicos, a la vez que tenía que estudiar patronaje. Cuando yo iba a limpiar no podía dejar de mirarla, cada vez la veía más bella, más hermosa.
Con el tiempo, tuve que dejar el trabajo en el atelier para empezar a trabajar en el puerto. Nosotros nos seguimos viendo, ya sin juegos, pero si con muchas risas. Un día, llovía tanto, que le dije, mientras nos resguardabamos en una pequeña entrada, lo mucho que la quería, y que si me aceptaría como marido, porque yo deseaba que ella fuera mi esposa. Me abrazó, me dijo que no podía responderme, que tenía que preguntarle a su abuelo, a Don Emilio.
Sin dudarlo, pero temblando por los nervios y de miedo, al día siguiente le pregunté a Don Emilio si podía hablar con él, a lo que me dijo que si, que la respuesta era si. Le dije que no sabía que iba a preguntarle y me respondió que la sonrisa que había visto en Mila todo el día, y mi rubor y tembleque del momento, le indicaba que no se equivocaba en absoluto. Me puse colorado como un tomate, él me abrazó como nunca lo había hecho antes, y me dijo que estaría encantado en convertirse en mi abuelo. Don Emilio llamo a la abuela y le dijo "¿A qué esperas?, ve y abrazale, toma cinco duros e id a tomar un helado"
- Abuelo, no llores, por favor, sé que la echas de menos, yo también la echo de menos y, aunque se que no es lo mismo, aquí estoy yo para que no te sientas solo.
Él soltó mi mano, me abrazó y me dio las gracias por estar a su lado.
- Siempre, abuelo, siempre me tendrás a tu lado, y ella siempre estará con nosotros. ¡Venga! voy a sacar las patatas y las pelamos juntos, después preparé la tortilla - le dije.
Mientras el sol calentaba el banco que tantos secretos guarda, pelamos patatas y mientras yo las cortaba, él fue al gallinero a recoger los huevos, ya sonriendo y de mejor talante.
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